Mirada al cielo. Una gran pena vivir en pleno verano y tener noches sin nubes. Me acomodo mejor sobre el capó del coche mientras espero. Llevamos horas ya, y me lo demuestra la impaciencia al otro lado del auricular.
- Tío, este no sale. ¿Estás seguro de que sigue ahí?
Lo estoy, y el plan está marchando según lo previsto. Y un poco de comida oriental como propina en mis manos. El barrio sería perfecto si el silencio no lo rompiera la casa que vigilamos. #8, apostado y atento desde una casa de árbol allanada con obvia nocturnidad; así la salida trasera queda cubierta. Y yo, en ataque frontal, por puro placer de que admiren mi cara bonita.
En el edificio, una belleza millonaria ha llamado a unos amigos no menos ricos, para celebrar esas cosas que hacen ellos sin sexo comprometido ni fidelidad conyugal que sirva. Poca cosa: alcohol, baile, una piscina y un servicio de catering con poco más que unos tremendos canapés y un marisco sublime.
Y la fiesta se alarga. No deja de recordármelo mi compañero, cada media hora, como si fuera un sereno. Y más de una vez le recuerdo que está aquí por amor al arte. Menudo bohemio. Me pregunto cuánta hierba llevará encima. Y, puestos a pensar, qué porcentaje me pedirá por haberse follado a mi favor.
- Ojo a la del vestido verde, pelirroja -me chilla el auricular-. Qué escote se calza.
- Despeja el canal, y estate atento -digo cociengo un par de fideos con los palillos para llevármelos a la boca.
- Tranquilo, tío. Esta preciosidad nunca falla.
Obviamente, se refiere a su rifle, y la verdad, es un arma carismática. Pero poco elegante para esta fiesta.
Y tras acabar con mi comida, la paso sobre el techo del coche. Le oigo fumar, y no tabaco precisamente, antes de que el envase que acabo de soltar vuele por los aires.
- ¿Ves? Nunca falla -dice entre risas. Zumbado. Colocado.
- No vuelvas a hacerlo -respondo con absoluta seriedad, tajante. Y vuelve a hacerse el silencio.
***
Cuatro de la mañana. Señal recibida:
- Veo a nuestro pequeño de nuevo. Al parecer se había entretenido con cierta zorrona de la fiesta.
- Me alegra saberlo.
Y, tras otro cuarto de hora, la puerta principal se abre. El pájaro sale del nido. Esta es una noche para que los perros se den un festín con él.
Aviso a #8:
- Vete a casa. Ya hablaremos de cuánto.
Y me acerco a mi hombre. Le corto el paso. Me mira con sus ojos hundidos en los pómulos, y me sonríe. No ha bebido ni una gota, y es simpático y todo.
- Perdone... ¿Qué desea...?
Respondo, calmado. Es la primera norma.
- Deberá venir conmigo. Su chica le esperará en el coche.
La segunda es que las instrucciones deben ser breves, sin entrar en detalles.
- ¿Y quién es usted? -me entretiene.
- Vengo de parte de un amigo. Ahora acompáñeme. Es urgente.
Le pierdo en el vecindario, asegurándome tenerlo a mi lado. No deja de preguntarme cuando nos quedamos a solas. Yo no dejo de negarle cualquier respuesta, excepto las que hagan dudar el acompañarme. En ningún momento -y esto es evidente- le revelo nada. Sé hacer mi trabajo.
Al fin me detengo, junto a mi coche, y cuando va a preguntar, le golpeo el estómago con todas mis fuerzas, usando la rodilla. Luego le tapo la boca con la manos y lo tiro con cierta suavidad al suelo. Por último, lo cargo en el maletero, lo amordazo y lo ato de pies y manos.
Porque del bondage salen cosas maravillosas. Y de un reproductor de música, mejores. Así que, para comenzar mi guerra psicológica, le coloco unos auriculares, bien sujetos con algo de cinta de carretero de oreja a oreja, y luego algo de thrash metal. Hay que saber elegir la canción de cada momento, o la de otros.
Hay que tener iniciativa. Tercera regla.
Cierro la puerta del maletero. Nadie me ha visto ni oido. Perfecto.
***
- ¡Si tardas un poco más me duermo y todo!
#8 sigue despierto. Y yo he llegado cargando a la presa sobre los hombros. Se ha portado bien.
Más le valía.
Dejo la carga en el suelo, y doy instrucciones a mi camarada:
- Vete a tu habitación, quédate fumando, y tápate los oídos.
Es como pedirle a un crío que no se columpie: lo acepta, pero luego lloriquea.
Me agacho hacia el hombrecillo. Sigue sin oirme. Sus ojos como platos. Le aprieto la cabeza contra el suelo. Con el pie. Y con las manos le arranco la cinta que le rodea y le amartilla a base de dobles bombos. Quizá Kreator o Exodus.
Sus ojos se cierran. Sus sienes se endurecen. Dolor apagado. Otro adhesivo le impide gritar como querría.
Guardo el reproductor. Ahora seré yo quien le torture. Mi voz es música desnuda. Y comienza el repertorio tras cerrar la puerta de esta casa en mitad de ninguna parte.
- Mi cliente me ha pedido un número de cuenta que usted posee, y una clave de acceso.
La cuarta norma es que uno nunca tiene la culpa de lo que sufra la víctima. Servidor es una herramienta, no una persona, dentro de un contrato. Y las herramientas no piensan. Sólo son creativas.
La quinta norma es...
No contesta. Tampoco es que pueda demasiado. Todavía tiene una mordaza.
Todavía no tengo ganas de que hable. Porque no lo va a hacer. De momento, él se basta en huir de mí arrastrándose como el gusano que seguro que es. Tampoco es que me importe.
Y lo detengo subiéndome a su torso. Demasiado peso sobre sus espaldas, añadido al que ya tiene dentro de sus recuerdos. Sé lo que ha hecho para merecérselo, aparte de robar mucho dinero.
***
Con ayuda de #8, este bastardo cuelga bocabajo a metro y medio del suelo. De sus manos y pies juntos he amarrado otra cuerda hasta el techo. He creado un péndulo de Foucault viviente. Ed Gein estaría orgulloso de nosotros.
El hombrecillo, por su parte, ya se ha llevado un par de puntapiés en plena nariz. Sangra, y mucho. Toda resistencia es fútil.
Y al fin retiro su mordaza. Le miro a los ojos. Siempre a los ojos. Que vea todo lo que he pasado. Que vea de lo que soy capaz.
- Toda cifra que usted me proporcione -le indico- será comprobada. Por cada clave falsa, se quedará colgado diez años, recibiendo para comer y cenar una pieza de queso y algo de agua.
Porque una celda de aislamiento duele más que la propia muerte.
Comienza el show. Y como es de esperar, niega saber nada. Qué típico.
Cojo al tipo y lo empujo, para que se asegure de que lo del balanceo en el aire va en serio. Le estoy regalando una sesión de ingravidez, qué menos.
Y en mitad de su vuelo, una patada en el estómago. Y otra de parte de mi camarada.
Vomita, y me pone perdidos los zapatos.
- Número y clave -repito, inexpresivo.
- ¡¡No lo sé, déjeme en paz!! -ahora es cuando alguien en su lugar pierde los nervios.
La segunda fase es cambiar el dolor puntual por algo más permanete. Así que le tomo del brazo, y de un fuerte movimiento le provoco una luxación del hombro.
El cerdo chilla como le corresponde, y llora. Quedan tirantes sus tendones.
- Número y clave.
A partir de ahora, cada golpe implica sin necesidad de palabras, una negación suya. Y otra petición mia. Ya sobra cualquier tipo de comunicación verbal.
Vuelvo a balancearlo, para que descubra hasta qué punto puede dolerle un músculo tirante. Y luego, me enciendo un cigarro entre sus gritos. Lo que es capaz de odiarme ahora podría servir como fuego, si tuviera la piedra para prenderlo.
Le ofrezco una calada, y la fuma. Luego lo hago yo, exponiendo la punta contra su párpado izquierdo.
Y vuelve a gritar. Y al fin accede.
Compruebo los datos; está en lo cierto. Maravillas de la informática.
Y por último, saco la pistola del interior de la chaqueta. La quinta norma es que no supiera que iba a morir antes de tiempo.
La primera bala va dirigida contra la luxación, para que los músculos se desgarren, y el torso se separe totalmente del brazo.
Sobra describir el dolor.
El shock lo matará.
Un par de llamadas, y el dinero será mio. #8, que no deja de reirse y fumar delante de la víctima, recibirá las gracias, y poco más.
Tanto como un 5% de los beneficios. Que ya es.